La conflictividad —sobre la búsqueda alterna de soluciones-

El concepto de conflictividad se escinde con el de solución. Porque, al ser dos términos antitéticos, existe un tercero que los une: la búsqueda constante por la solución o el imperativo desorden (lo gravoso del asunto). La conflictividad siempre se encuentra presente en todas las sociedades que tejen una tela hecha de reconstrucciones, más si emergen de una historia de tumores y balas. El conflicto ha sido la condición suprema cuando las personas no logran a través del diálogo la solución. Cuando el diálogo en su forma democrática de demanda social se pervierte o se ignora las demandas societarias, se rompen los ciclos, no existe otra forma de solución que el uso de cuestiones de hecho.

El debate secular considera que la solución del conflicto nunca puede ser por la fuerza. Pero la pregunta iría encaminada a entender ¿es posible otra forma cuando existe absolutismo? Los «bienpensantes moralistas» considerarán que sí, porque aún se muestran movidos por la utopía democrática, porque creen en el ideario racional (cada vez que se encuentran afectados) como forma de solución. Hay razón cuando  representantes y representados se corresponden y el diálogo se hace a la altura que lo amerita, pero un país que se muestra enfermo lo único que corresponde es la fuerza de su pueblo. Un país termina en el precipicio cuando su pueblo calla. El silencio del pueblo es lo mismo que un muerto. Las demandas sociales, cuando el objetivo es lograr beneficios a la población, son velas hechas de progreso. Cuando se ejercen acciones por el solo hecho de hacer tumultos los esfuerzos son autodirigidos y se pierde la legitimidad de los actos.

Todo acto que busca los beneficios para la generalidad siempre constituye un desarrollo, independientemente del lado que se le vea. John Stuard Mill (citado por Norberto Bobbio) en sus Consideraciones de la democracia participativa (porque la democracia también debe ser de esa manera), distingue a ciudadanos en activos y pasivos, y especifica que los gobernantes prefieren a los segundos, porque es conveniente tener personas dóciles, sin embargo, la democracia, cuando lo es, necesita de los primeros para mantener el estado de cosas.

cintillo de opinión

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