El mito de la colectividad

Quizá es tendencioso referirse a las elecciones ahora, pero qué más sino aclarar el panorama respecto a las decisiones que se tomarán sobre el restablecimiento de la estructura social política. No está de más reconocer que la disputa recae en la promoción de la división que desde hace años está enraizada en la sociedad, se ha naturalizado, mitificado. Las oposiciones políticas están dividas dentro de su propio grupo con el fin de proteger distintos intereses de los diversos grupos existentes, resulta una ironía.

La decisión se consensúa de acuerdo con cada pequeño grupo que activa políticamente en el país, no se puede tomar una decisión conjunta porque se ha omitido el concepto de colectividad y lo que representa el ser una sociedad supuestamente “democrática”. La exigencia de una decisión consciente entonces surge de un ideal que despierta cada vez que la opinión pública dirige su atención hacia información que percibe de los medios y ahora de las preciadas redes sociales, en donde desde una identidad virtual emiten opiniones “valientes” que se consideran más válidas que los hechos y las emitidas en la vida real, de relaciones cara a cara.

La sociedad guatemalteca se mueve en torno a los intereses que son infundados por los diversos grupos de dominio a través de la información que circula, y como ahora es amplia, satura el razonamiento, se enfoca en la masa; los individuos siempre se dejan llevar por lo que es aceptable dentro de los parámetros sociales, la manipulación es simple y muy fácil en la era virtual.

Resulta esencial reconocer que por más esfuerzo que se haga, para que la decisión colectiva se adecúe a lo que cada grupo cree, tendría que penetrar con antelación en la mente de las personas mediante estrategias de unión, y también que cada grupo político unifique sus esfuerzos para crear una sola plataforma, sin embargo, todos necesitan de su protagonismo; esos grupos se han establecido por la misma división ya naturalizada. Las esperanzas de cumplir con las expectativas generales se limitan también al individualismo, a los pequeños ideales colectivos y nunca a grandes rasgos, por tanto, las decisiones siempre terminan por ser erróneas.

El concepto de colectividad y decisión nacional resultan en un mito, en algo que, gracias al nivel manipulador del lenguaje y la comunicación de masas, se constituye como una edificación de la “democracia”, pero que en realidad no es más que una simple promoción idealista que mantiene a las masas sumidas en una disputa política que no tiene fin y solo beneficia a los grupos dominantes. Sin embargo, sí nos queda la obligación y responsabilidad social de emitir un voto y elegir a quien direcciones de forma adecuada al país dentro de esos parámetros establecidos.

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