Luis Buñuel, consagración de la imagen y la realidad

El cine de Buñuel es producto del surrealismo. Su invención es imagen, razón. El mundo imaginario se vuelve real y, busca en el subterfugio del silencio, transgredir la mudez. La imagen al recobrar su lugar  recrea al sujeto, al ser. Ese ser es autentico; lo irreal sigue siendo un verdad que reúne las máximas de la sociedad liquida. Sociedad que se desarma en su letanía, dividiéndose en pedazos. Es ahí donde surgen términos como infraclase  para designar a los más débiles, los marginados, los pobretones —considerados inútiles por la sociedad de consumo—, deshechos móviles que actúan sin ser, la existencia misma los niega. Esos seres que son todo menos nada, busca retrotraer Buñuel en Los olvidados.

La voluntad creadora de Buñuel es el sacrificio de la voluntad imaginativa. La imaginación es la más elevada fuente de la razón. Realidad y cine forman un conjunto arbitrario de la designación social. Y ésta engrandece el mundo imaginario a través de signos; imagen y cine se escinden, forman una singularidad. La poesía forma la unidad universal de la razón, que por principio es imaginación.

Buñuel encara el pasado con un presente al que desenmascara con imágenes y palabras. Silencio y marginalidad cumplen su función de unidad, contradicción social que se afirma en el presente y el futuro inesperado.

La poesía de la razón es el encuentro histórico y social, lo que es equivalente al cine de Buñuel: encuentro con la historia, pero no una invención de la imaginación sino imágenes de la realidad permanente. La poesía trasmuta la realidad, la recrea; el cine reproduce el orden preestablecido. Buñuel parece no olvidar la miseria que encarnan los rostros de Los olvidados, sino que establece su manto enigmático del silencio, y vuelve lo invisible visible ante los ojos no muertos.

La realidad que se describe en Los olvidados, puede entenderse como la ingratitud humana de su época y, con ella, la nuestra. La imagen del cine nos refleja un mundo exterior donde perviven Los de abajo como prefería llamar Mariano Azuela; porvenir silencioso cuando no nos encontramos. Y la palabra, ese artefacto seductor de las imaginaciones, se embellece en la poesía. La belleza de la imagen es belleza de la palabra. Hay quienes terminan en el sanatorio mental por no encontrar la palabra más bella del idioma, tal es el caso del famoso lexicólogo, A. H. Tiosca que describe Sergio Ramírez en su cuento Félis concóloris; no tuvo tiempo para encontrarla, se internó en el sanatorio indefinidamente, quién irá saber cuánto tiempo. Por decirlo así, se entiende que ésta era la palabra más bella del mundo, tiempo. Tiempo que no alcanzó para licuar esa palabra. Pero el tiempo ya no es cíclico ni lineal, se transforma en pluralidad de vidas que niegan la universalidad del ser “libre”. Libertad es lo que rebuscan las sociedades, tal como se visualiza en el cine de Buñuel. Sociedades desencantadas por alcanzar lo que se les ha negado.

Encontrar un punto de partida en la imagen proyectada por el cine, requiere la inquebrantable necesidad de verse al espejo. Esto era lo que Buñuel reflejaba en las imágenes: realidad de la realidad. Una realidad internamente incesante que transcurre como silbido. La mayor de las veces contradictoria.

El desatino del cine en el mundo contemporáneo muestra las imágenes como un producto insuficiente, sin llegar a la razón. Se desentiende, muchas veces, de los más. Recreando la imagen como mera satisfacción virtual que moldea las ideas.  Pero esto no ocurre en todos. Por ejemplo: el cine del guatemalteco Bustamante trata de demostrar la principal forma de vida —costumbres— de los pueblos (Ixcanul). Demostrando una minúscula parte del universo indígena. Pero que, además, consagra esa realidad de la idiosincrasia guatemalteca de la que pocas veces se conoce.

La obra de Buñuel es, indiscutiblemente, una de las más importantes del cine. En ella se consagra el sueño silencioso de la realidad. Con Buñuel se entiende el universo de la imagen como una verdadera formulación de su tiempo, que también lo hacemos nuestro.

cintillo de opinión

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