Una tradición que va de generación tras generación

Esta semana, cambiaremos 180 grados el tema de la columna, porque considero que es algo fundamental como guatemaltecos podamos reflexionar sobre el pasado, y todo lo que conlleva la Semana Santa en Guatemala.

En los años setenta, se escuchaba a nivel mundial que no existía Semana Santa, como la de Sevilla España, pero ya a finales de los años ochenta, ya se vislumbraba una Semana Santa única a nivel mundial en Guatemala, especialmente en las ciudades de Antigua Guatemala, Quetzaltenango y la capital de Guatemala.

Aromas como el corozo o el de las frutas tropicales, incienso y mirra, sabores como el refresco de súchiles, chilacayote, y colores que abarcan toda la gama cromática, frente a los litúrgicos tradicionales: morado, negro y rojo. Son algunas de las aportaciones que Guatemala da al mundo en la celebración de la Semana Santa.

Según Mario Alfredo Alvarado Vela, de la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), hablar de Semana Santa en Guatemala, es una época rica en el calendario litúrgico del católico guatemalteco, y que tiene como marco de referencia una de las conmemoraciones más esperadas por todo un pueblo, que desde tiempos inmemoriales expresa su fe y devociones.

Es algo único que tiene que vivirse en este país, por ser de una conmemoración que abarca los cinco sentidos, es un referente para el estudio histórico y antropológico de esta sociedad.

El sentido de unidad local expresado entorno a las esculturas de pasión, es un vínculo que podemos encontrar en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, desde el siglo XVII; ejemplo de ello son Jesús Nazareno de la Merced, cuyo culto traspasa el ideario colonial llegando a ser consagrado y jurado patrono de dicha ciudad.

Ahí tenemos un claro ejemplo de unidad, de un grupo social determinado como son los criollos y los peninsulares, que se va reflejando en otros grupos sociales como es el culto de los nazarenos de San Jerónimo y de Candelaria, que lograron unir otros grupos sociales de las capas bajas durante la colonia en torno a la conmemoración de la pasión de Cristo en la semana santa guatemalteca.

Según Alvarado, la figura femenina desde siempre ha estado presente en dicha conmemoración, desde los tiempos más remotos, muestra de ello será en 1938 la coronación de nuestra Señora del Manchen.

Escultura religiosa que representa el dolor de la madre de Cristo, durante su pasión y que se veneraba en la Ermita de dicho nombre en la ciudad de Santiago de Guatemala, y que posteriormente fue trasladada a esta ciudad capital al templo de San Sebastián, mostrando el lado maternal del dolor y modelo de santidad, era un ejemplo a seguir tras los pasos de la madre de Dios en la sociedad colonial.

Jesús de La Merced es la imagen más antigua según documentos, data de 1655. Por ejemplo, las alfombras, muestran la mezcla de lo hispano y lo precolombino con la conmemoración de la pasión, caracterizando un sincretismo cultural patente en algunos iconos más famosos de este festejo.

Una tradición en la que se deja sentir especialmente la huella de las culturas nativas. Según Celso Lara, director del Centro de Estudios Folclóricos de la Universidad de San Carlos, “los señores y sacerdotes indígenas caminaban en ciertas ceremonias, sobre alfombras de flores, de pino y de plumas de aves preciosas como el quetzal, guacamaya y colibrí”.

La tradición de elaborar tapices rituales también existía en España, especialmente en las Islas Canarias, donde se confeccionaban de tierra y flores.

La llegada a Guatemala del Hermano Pedro, nacido en la isla de Tenerife, Canarias, canalizó la mezcla de ambas herencias culturales hasta originar las alfombras de Semana Santa, como hoy las conocemos. Estos tapices empiezan a elaborarse desde el primer domingo de Cuaresma hasta el Domingo de Resurrección.

Otro de los grandes protagonistas de la Semana Santa guatemalteca es el Nazareno. Un ícono aparentemente muy lejano de la cultura maya, pero en el que también se detectan influencias precolombinas.

La figura del Cristo cargando con la cruz constituye un símbolo de gran trascendencia antropológica, “se trata de una figura con muchos paralelismos con el dios Quetzalcóatl, una divinidad que baja a la tierra, vive con los hombres y se inmola muy joven”, afirma Haroldo Rodas, profesor de Historia del Arte en la Universidad Francisco Marroquín.

La influencia prehispánica explicaría el gran número de nazarenos que hay en la ciudad de Guatemala, la capital latinoamericana que, en opinión de Miguel Álvarez, cronista de la ciudad, alberga mayor cantidad de este tipo de representaciones.

Todo este arte efímero, no es efecto de la casualidad, sino que significa meses de trabajo, de planificación y organización para que en su momento salga a su atrio una procesión apoteósica.

Pero todas estas imágenes no tendrían tanto valor simbólico si cada año, un ejército de fieles y devotos por tradición, las sacan de sus iglesias para tomar las calles, una tradición que nace en el hogar, es común ver a los padres y las madres con sus hijos en brazos cargando una procesión inculcando desde pequeños, una tradición, que va de generación tras generación.

cintillo de opinión

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