Envejecer, el nuevo delito

Por: Jaqueline Mijangos

En una sociedad en la que el afán de cada día nos hace perder conciencia de todo lo que ocurre a nuestro alrededor, vivir en el abandono se hace aún más doloroso para aquellos a quienes la edad ya dificulta encontrar una actividad económica digna.

Tan solo en el área metropolitana es alarmante la cantidad de ancianos abandonados que se ve en las calles en busca de alguien que se acerque a ellos y les brinde apoyo, agua, comida o simplemente una sonrisa.

Este es el caso de dos abuelitos que se encuentran abandonados en las afueras del Instituto Guatemalteco Americano (IGA) y que, aunque pasan de los 70 años de edad, son invisibles ante aquellos que recorren esas calles.

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El sol golpea ilumina el arrugado rostro de José Rosales, quien tiene 71 años. Imagina que deben ser al menos las seis de la mañana pues no cuenta con un reloj que lo confirme.

Despierta a su amada esposa María García cuyos 76 años de vida se dejan ver en la poca fuerza que tiene para levantarse. Luego de 40 años de casados, la sigue viendo tan hermosa como el primer día.

Ya en pie, se sientan a la mesa. María espera ansiosa la tortilla con sal, frijol o queso que José prepara para ella pues hace años ha perdido la vista por falta de medicamentos. Complementan los alimentos con una taza de café o agua.

Listos para salir, toman su caja de golosinas y abordan un bus extraurbano que los lleve al centro educativo con la esperanza de que alguien de buen corazón les brinde una ayuda o compre algo de su venta.

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Ya son las ocho de la mañana y el total recaudado asciende a Q2.00. El “negocio” es atendido por ella, mientras él recorre las calles en busca de latas o botellas plásticas para venderlas.

Para la hora de almuerzo, mientras muchos salen a despejarse y buscar con que saciar el hambre, esta pareja de abuelitos pasan por alto el hambre y siguen en su quehacer. “No podemos costear un almuerzo. Si no juntamos los Q600 que debemos pagar de vivienda nos pueden sacar y, por ahora, ese es nuestro único consuelo: Tener un techo sobre la cabeza”, cuenta Rosales.

Según cuentan, lo único que les queda es el uno al otro. Pues sus hijos hace más de 25 años que se fueron y los dejaron en el olvido.

Empieza a obscurecer, asumen que deben ser cerca de las 6 de la tarde, hora de volver a casa. Los ingresos obtenidos son de Q10 a Q15 en un día productivo.

“En días de lluvia no salimos. Una enfermedad podría ser mortal a nuestra edad. José tuvo un derrame hace unos seis meses y yo no veo. Si a uno de los dos le pasa algo, el otro no duraría mucho”, afirma García.

El abandono es una de las causas más frecuentes de muerte de una persona. Es considerado mucho más arriesgado para un adulto  porque ya no tiene quien lo quiera ni a quien querer, por lo que se propicia un cambio brusco en las personas iniciando con depresión y trastornos de personalidad.

Esta es la historia de cientos de abuelitos que son abandonados por sus hijos y familiares y que, con su propio esfuerzo, apenas sobreviven. Se conoce que actualmente hay más de 130 ancianos abandonados incluyendo centros hospitalarios y las calles de la ciudad.

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