Huir de la pobreza, o ser explotado.

“Los migrantes se han ido de Guatemala, porque han querido”, esa fue la frase que en septiembre de 2017 lanzó el vicepresidente de la República Jafeth Cabrera en medio de la polémica por la cancelación en Estados Unidos del Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), con un tono de desprecio hacia quienes en realidad huyen del país por la violencia, la pobreza y el desempleo.

Lo peor del caso, es que no veo por donde la situación mejore, al contrario, ante acontecimientos como la tragedia provocada por la erupción del volcán de fuego, seguida de la poca o nula acción efectiva del gobierno para hacer que los damnificados recuperen siquiera las ganas por vivir, el panorama se pinta bastante desalentador.

El fenómeno de la migración hacia los Estados Unidos de Norteamérica (USA), no lo detendrá nadie, ni siquiera las acciones del presidente de ese país, Donald Trump, quien insiste en construir un muro en la frontera sur. Y es que cuando el hambre aprieta, la supervivencia se vuelve necesidad, aunque así se tenga que arriesgar hasta la propia vida.

La causa principal de la migración a mi criterio es la pobreza, generada ésta principalmente por la falta de oportunidades dignas de empleo y secundariamente por la existencia de un Estado fallido, incapaz de proporcionar a sus habitantes servicios básicos de calidad, como educación, salud, infraestructura y seguridad, garantizados incluso en nuestra Constitución Política de la República.

Viene a mi mente la plática que tuve hace unos días con un policía privado que cuidaba una de las calles de una colonia residencial de clase media en la periferia de uno de los municipios del departamento de Guatemala, el joven que seguramente cambió el campo por el asfalto, con piel morena quemada por el sol, me atrevo a decir que no pasaba de los 18 años, lo que me contó me partió el alma y me provocó una sensación entre rabia y ganas de maldecir.

“Somos nuevos en esta colonia, llevamos dos meses sin que nos paguen, no nos dicen cuándo nos van a pagar y tampoco nos quieren dar descansos, terminamos el turno acá y nos vamos a relevar a otros compañeros en otras colonias, así nos ha tenido el jefe, pero yo ya no aguanto (…)”, expresó mientras sostenía en sus hombros una escopeta calibre 12 y comía por almuerzo un tortrix.

El anterior solo es un ejemplo de miles de casos injustos que se dan en el país, aprovecharse del hambre y necesidad de la gente pobre, es de lo más cobarde, peor aún cuando esas acciones son solapadas y consentidas por instituciones gubernamentales que en vez de evitar que eso suceda, son cómplices. Esta gente tiene dos opciones, o aguantar la injusticia, o irse de mojado a Estados Unidos, arriesgando su vida y seguir siendo explotado, pero ganando dólares.

Cintillo de Opinión

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