Cuando dije que no quería ser madre

Durante mi niñez me prepararon para ser madre; me compraron y regalaron muñecas, trastecitos, carriolas, escobas, mascotas, en fin, objetos simbólicos que fueron parte de mi formación. Y estoy segura que esto sigue replicándose.

Me prepararon para ser la madre; la que sufre, la que aguanta, la que da todo por sus hijas e hijos. La madre abnegada y sumisa; la madre buena, vista desde la publicidad y la madre mala, vista desde el hígado de la sociedad y las películas, series. La que cuida, la encargada y responsable de otro ser además que yo.

La ecuación “se arruinó” cuando decidí romper con esta cadena. Decidí no ser madre. (No a los veinte o veinticinco años, edad que biológicamente ya se está en condiciones para parir. (Pero claro, es normal que una niña de catorce años sea madre, ni siquiera importa si es por violencia sexual)) Decidí estudiar, trabajar y si, tener sexo por placer. Y ni siquiera tengo que argumentar por qué, simplemente es mi derecho. Pero, ante los ojos de la sociedad y mi familia esto era un acto de rebeldía; porque este es un regalo de Dios.

Decidí simbólicamente, renunciar a las imposiciones religiosas de “parir con dolor”, “esa virginidad y regalo divino” de tener sexo únicamente y exclusivamente solo con una persona y hasta casarme. Ese “sacrificio de mi vida por otras y otros, como en la cruz”, el rollo “de poblar la tierra” en cantidades exorbitantes, “ser la frágil y sumisa” y “estar sujetas a los hombres”.

(Solo a eso renuncie. Estoy en emancipación)

Ser madre es una de las tantas responsabilidades sociales y culturales que se les confiere a las mujeres para la sobrevivencia de la especie, a mi parecer ser madre es un derecho; una opción de vida que no solo se encasilla en un embarazo si no en la autonomía que cada mujer tiene a decidir sobre cuerpo y sexualidad.

Entonces ¿cuál es el problema?, ¿qué está pasando?

La realidad es que la maternidad no es un ejercicio pleno, ni siquiera es visto como una opción. Esta ha sido impuesta, forzada y asumida desde “es lo que me toca como mujer” hasta “ellas y ellos son mi razón de ser” esos roles desiguales asignados a los sexos. Aquí se hacen presentes muchas construcciones históricas, de clase y generacionales; que nos aorillan, encasillan y violentan a las mujeres sobre todo a vivir situaciones como puros actos biológicos (no quiero decir que a los hombres no).

Nos pintan la maternidad como algo que todas desean y con la cual viene la madurez y el sentido de la vida. Pero, perdón, eso solo es un cuento. Algún día debemos atrevernos y preguntar a nuestras madres si fuimos deseados o planificados, la respuesta quizás sea escueta y generalizada en un disimulado NO.

Se hacen madres porque “deben”. Se hacen madres porque ya están embarazadas. Se hacen madres porque no contaron con información. Se hacen madres para salir de círculos de violencia y pobreza. Y el error más grande es pensar que solo ellas se hacen madres, aquí se invisibiliza el hombre y la responsabilidad institucional en brindar autonomía a las personas.

Vale la pena cuestionarse: madre ¿a qué edad?, ¿de cuantas hijas o hijos?, madre ¿con quién?, ¿con un hombre? Vale la pena cuestionarse ¿todas las mujeres quieren ser madres?, ¿ser madre es una de las única figura de responsabilidad?, ¿maternidades responsables?

Y luego de ser madres qué sigue. Asumir un trabajo doméstico no remunerado y violento. Permanecer en familia a pesar de la violencia física y psicológica. Mantener el orden social de la familia como base fundamental. Que prevalezca el rol de madre por sobre todas las cosas. Dejar de estudiar para dedicarse al cuidado. Nombrarse madre soltera en ausencia de la figura paterna. Gritar ¡Bajate bebe! ¿qué sigue? Y lo más importante ¿qué se puede cambiar?

A los veinte años decidí e integre a mi proyecto de vida tener el cuidado y compañía de otro ser; una hija o hijo en un futuro. Cuando según mi contexto tenga condiciones seguras y apropiadas para asumir esta responsabilidad. Asumirla por derecho y no por perpetuación.

En mi caso, a nivel familiar compartir esta decisión elevo un poco las expectativas de vida y desarrollo. A nivel comunitario, transgredí la norma social y destino de ser madre adolescente. Con las parejas, propuse una nueva perspectiva de la sexualidad, que no va solo encaminada a la reproducción; sino al placer, conocimiento y a la energía de acompañar.

Claro, esta no es una fumada mía. La autonomía, emancipación y la posibilidad de cambio, fue posible por acceder a información sobre educación integral en sexualidad, acceder a métodos anticonceptivos.
Y una vez más insisto, esta es una tarea pendiente del Estado.

No se trata de que menos mujeres sean madres, estén embarazadas o tengas hijas o hijos. Se trata que cada persona; mujer y hombre puedan decidir si quieren hacerlo, con quien y cuando. Y que el Estado garantice su salud, bienestar y entornos seguros, libres de estigma y discriminación.

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