¿Qué cómo recordaré a Ríos Montt?

Corrían las 10 de la mañana de aquel martes 23 de marzo de 1982, cuando en la zona 1 de la ciudad de Guatemala se deponía, mediante un golpe de Estado, al gobierno del presidente Romeo Lucas García, asumiendo la dirección del Estado un triunvirato militar encabezado por el ministro religioso evangélico y general del Ejército, José Efraín Ríos Montt.

A mis cortos 8 años, siendo estudiante del 2do grado de primaria, en una escuela pública de la zona 8 capitalina, los días pasaban entre el estudio de cuatro materias  fundamentales, idioma español, matemáticas, estudios sociales y ciencias naturales. Por alguna razón mi centro de aprendizaje estaba dirigido exclusivamente por mujeres, quienes impartían docencia con un amor maternal y sobreprotector.

Esa mañana fue distinta, no nos permitieron salir al recreo, nos sirvieron la refacción mientras escuchábamos el helicóptero que volaba sobre la zona. Recuerdo muy bien que la seño Marielena nos adelantó la clase de estudios sociales, en la cual nos enseñó que vivíamos en un país en donde niñas y niños estaban quedando huérfanos de sus padres. ¿Cómo se le explica a una niña de 8 años que vive en un país en guerra, y que hay muchas pérdidas humanas, y que no debe hablar con nadie de esto? Mi maestra, la más joven de todas, se armó de valor y lo hizo. De sus 23 alumnos, quizás dos o tres no rompieron en llanto, yo no estuve entre ellos.

Pasaron los minutos y antes del mediodía tocaron la puerta del salón, la Directora (Marta Alicia Dufourt) mencionó mi nombre y dijo en voz baja que habían llegado por mí. Yo entre sollozos me aferré a mi maestra y no quería salir, sentí miedo, pero no del miedo que se siente cuando estás ante un peligro; sentí miedo de no volver a ver a mis amigas y amigos, miedo de no volver a pintar, a dibujar, a jugar, miedo de que me llevaran lejos de todo lo que, hasta ese día, era mi mundo perfecto.

Poco a poco nos llegaron a traer a todos, y aún sin entender bien lo que pasaba, sólo recuerdo que junto a mi tío caminamos a paso ligero por las 3 cuadras que separaban nuestra casa de aquella vieja Escuela Oficial de Niñas número 14 “José Santos Toruño”.  Los diarios, a los que no tenía acceso, narraron al día siguiente lo que había ocurrido.

Las calles de Ciudad de Guatemala están tomadas por carros blindados, vehículos con ametralladoras y un gran despliegue de soldados en uniforme de campaña. Los militares rebeldes han anunciado la próxima formación de una “Junta representativa de Gobierno” cívico-militar  y la celebración de nuevas elecciones en el país, “donde la voluntad del pueblo sea respetada”.” (Edición impresa El País, del 24 de marzo de 1982)

Han transcurrido 36 años desde que, junto a mi familia, escuché la cadena radial que hacía el llamado a la población para que mantuviera la calma “en ese momento histórico”. Han pasado 36 años desde que ese movimiento militar despertó a muchos guatemaltecos de una realidad ignorada, la mayoría de noticias del Conflicto Armado Interno, que curiosamente también duró 36 años, no llegaban hasta los hogares capitalinos, por lo que la dimensión de lo que pasaba en las poblaciones en conflicto era casi imperceptible.

Hoy muchos amanecimos con el clamor popular a punta de garganta, por el deceso de Efraín Ríos Montt, el hombre, el político, el religioso, el militar, el golpista, el presidente de facto. El dictador reconocido a nivel mundial como el más sanguinario de América Latina. El general enjuiciado, vencido y condenado a 80 años de prisión por genocidio.

¿Qué cómo recordaré a Ríos Montt? Pues lo recordaré como la figura del mal que me arrebató los sueños de niña, tiñó de temor mi tranquilidad y aceleró mi angustia; como el hombre despreciable que se quedó grabado en mi mente por sus palabras feroces que se hicieron imagen constante: “El que tenga armas contra la institución de armas tiene que ser fusilado, fusilado y no asesinado.”

Ante su inevitable deceso sólo puedo repetir que no se muere, cuando la demencia escuda la memoria punzante que desangra el recuerdo. No se muere un Domingo de Resurrección, cuando la vida del hombre ha sido insurrecta. No se muere cuando la vida no alcanza para resolver los asuntos pendientes. #SíHuboGenocidio

Cintillo de Opinión

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