El origen de todos los males de Guatemala

Por: Luis Fuentes

Como mencioné en mi columna anterior, una de las conquistas más importantes de la revolución de octubre, fue la promulgación del Código de Trabajo, hecho que tendría como escenario el Primero de Mayo de 1,947. Años después, en 1,954 con la contrarrevolución, se dieron grandes pasos hacia atrás y muchos de los avances fueron sometidos a una especie de fuego inquisidor, y así nos regresaron al laberinto oscuro, sinónimo de atraso, de exclusión, de ausencia de democracia y de justicia.

Al contrario de las mayorías, a partir de 1,954, sectores minoritarios se reagruparon, recobraron el control del Estado, sus privilegios, se fortalecieron más y al calor de privilegiar el “desarrollo económico”, han sido la antítesis del desarrollo social.

Los sectores más fortalecidos, fueron dos, afines históricamente: el ejército y el sector empresarial. Si bien es cierto, el ejército tomaría la conducción del Estado, las decisiones de fondo, vinculadas al “desarrollo económico y al sagrado derecho a la propiedad privada”, serían manejadas a gusto, sabor y antojo por los empresarios oligarcas -solo los de “linaje y abolengo”, no cualquierucho con plata-, quienes a partir de 1,957 empezarían a constituir lo que hoy conocemos como el Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales y Financieras -CACIF-, cuyas oficinas se encuentran ubicadas en el 9º nivel del Edificio de la Cámara de Industria.

Ese sector empresarial, contrario al resto del país y la sociedad, se ha desarrollado vertiginosamente y ha diseñado todo un esquema que maneja sutilmente al Estado desde varios ángulos. Dentro de ese cuadro, un actor obvio es el ejército, guarura principal de la bóveda empresarial e instrumento de control, sometimiento de los “rebeldes” que demandan paz, democracia y justicia. Apenas lo dejan asomarse al disfrute de las mieles de Alí Babá; aunque por ratos se les sale de control, debido a otros factores.

La otra figura no tan notoria y manejada al inicio (1984) con mucha delicadeza y que no fue tan fácil de identificar como mecanismo de control del “status quo oligarca”, fue denunciada en julio 2017 por la CICIG en su informe “El Financiamiento de la Política en Guatemala”, es el “sistema electoral guatemalteco”. Por más de 33 años, la Ley Electoral y de Partidos Políticos ha sido el principal instrumento de manejo del aparato estatal.

El informe de la CICIG es contundente en señalar lo peligroso para la democracia del sistema prevaleciente, con lo siguiente: “…Se constata que, en muchos casos, la capacidad para influir en las decisiones públicas —en distintas esferas de la administración del Estado— es directamente proporcional a los recursos que las personas y/o grupos de interés puedan movilizar. Esto abarca desde influir en políticas económicas —la definición de contingentes de importación o aranceles, por ejemplo— hasta procesos judiciales…”, tal sentencia está dirigida a dos figuras de peso en la política chapina: empresarios nacionales de las grandes corporaciones y el narcotráfico (y crimen organizado en general), quienes son los únicos con capacidad económica para financiar a los partidos políticos, que funcionan como franquicias de las mafias que en la actualidad controlan al Estado.

A partir de las facilidades que a esos sectores minoritarios les brinda la actual ley electoral, es como se manejan descaradamente los tres organismos del Estado: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Aunque no es muy fácil de identificar, la estructura del crimen teje toda una estrategia, que como dice la CICIG, tiene dos motivaciones: la pragmática y la ideológica. La pragmática para esa minoría, no es más que continuar con el dominio de la cosa pública con soberbia y arrogancia, obtener beneficios de los recursos públicos, miran las elecciones como oportunidad para asegurar negocios futuros, los candidatos son una inversión. La ideológica, se refiere a evitar que la lepra izquierdoide no les ponga en riesgo su estatus.

El egoísmo llega a medidas extremas, cínicas y deshumanizadoras, los números rojos son abundantes y vergonzosos: seis de cada 10 guatemaltecos apenas tienen para comer; más de la mitad de los niños menores de cinco años padecen de desnutrición crónica; los empresarios pagan los impuestos más bajos y los salarios más miserables del continente, en promedio los trabajadores devengan Q2,000.00 al mes (¡¡menos del mínimo!!); el país tiene una de las tasas más bajas de sindicalización del mundo (los trabajadores son despedidos o asesinados por organizarse en sindicato). La lista negra es larga, el descaro y la insensibilidad no tiene límites.

Históricamente nos han negado un mejor futuro, como pueblo nos han hecho a no creer en nosotros, en nuestra capacidad de reacción, en lo individual nos indignamos, pero en lo colectivo no logramos articular un esfuerzo en donde confluya nuestra ira y condena a esos sectores que como neoncomenderos nos continúan utilizando como instrumentos de generación de riqueza o como una mercancía más. Hemos llegado al extremo de expresar que los trabajadores somos malagradecidos porque “abusamos de las leyes” (¡¡por favor!!), bien dicen que el producto mejor elaborado del capitalismo es un pobre de derecha.

Como sociedad y como pueblo nos merecemos un mejor futuro, pero también un mejor presente que, a pesar de lo frustrante de la situación, no perdamos la confianza en lo colectivo, en lo horizontal, en el nosotros ¡¡que no se ahogue la esperanza!!

Desde 1,954 nos han hecho creer que la Guatemala incluyente y humana es una utopía. Hagamos nuestro lo señalado por el connotado escritor uruguayo, Eduardo Galeano, sobre la utopía:

Ella está en el horizonte.
Yo me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la utopía?                                                                                                            Para eso sirve, para caminar.

Cintillo de Opinión

 

 

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