Es que para nosotros, no es tradición comer fiambre

“Último día para encargar fiambre treinta de octubre” “¿Cuál es tu estatus del fiambre? A. A punto de terminarlo. B. Recién empezando. C. Babosadas, yo lo compro.”

Frases como estas pude leer en algunos restaurantes de mi colonia y en el Facebook. Todos invitaban a comprar y/o preparar tan delicioso platillo de la cocina guatemalteca.

Pero, ¿Es verdaderamente el Fiambre un platillo de todos los guatemaltecos? Debo reconocer en estas líneas que no. Yo soy guatemalteco y me gusta bailar el son, sin embargo debo reconocer que hasta hoy el Fiambre es un platillo desconocido para mí y mi familia, principalmente para la Solemnidad de Todos los Santos y Conmemoración de los Fieles Difuntos.

Se dice que es un platillo que nació como una comida de ofrenda y sacrificio. Fue en el siglo XIX cuando alcanzó sus rasgos guatemaltecos tan característicos. Combina ingredientes de la cocina prehispánica con embutidos, carnes y pescados traídos por los españoles. Se dice que con el tiempo se convirtió en el platillo oficial de las celebraciones antes mencionadas.

Sin embargo hay que reconocer que es un platillo bastante oneroso. Según se cotizaba en uno de los restaurantes oscila entre cien y ciento cincuenta quetzales por plato. Con lo que asumo no puede comer una familia, sería para hacer una degustación simbólica y cumplir con la tradición. Es un platillo difícil de preparar, según lo que leía, lleva aparte de mucho trabajo, algunos días de anticipación para prepararlo.

Quise hablar de esto, porque justamente hace unos años escuchaba hablar a dos señoras de mi pueblo, con fama de adineradas; sobre la importancia de no romper con las tradiciones de nuestros pueblos y que era necesario preparar el fiambre para poder compartir en familia. Sin embargo me preguntaba, ¿Desde qué momento en algunos pueblos es tradición un platillo que yo ni conocía? Debo reconocer que lo conocí y probé una vez en casa de una familia amigos míos en la capital, sin embargo, quedó en eso, en probarlo.

Por otro lado me encanta la idea de pensar en platillos que muchos pueblos tenemos en común y aquellos que si, puedo a mi criterio, considerar platillos oficiales de dichas festividades. En mi familia no había para fiambre, considero yo, porque nunca se preparó, o quizá porque no se conocía dicho platillo. Sin embargo era esperado el dichoso día de los Santos casi por todo el pueblo, para preparar los deliciosos tamales de cerdo. Recordamos a cuantos porcinos caídos para la celebración. Básicamente se mataban unos diez marranos en el pueblo para surtir de carne, hueso de espinazo, paletilla de pierna y costilla para la elaboración de los deliciosos tamales.

Era una tradición que nos mandaran a las fincas a cortar las hojas de guineo para envolver los tamales, sobre advertencia que mientras asáramos las hojas no le fuéramos a dar fuego a los cafetales. Aprovechando el viaje, era necesario pasar por las milpas llevando un par de ayotes para hacerlos en dulce y ya que estábamos en la huerta también incluir en el costal un buen poco de jocotes de corona para hacerlos en miel. Por la tarde la abuela nos pedía que bajáramos un canasto de güisquiles para cocerlos en un bote de lata, esos servirían para darle a los canchuleros.

Éramos pobres, pero les aseguro que eran los tamales más deliciosos del año. Solo se preparaban para Finados, Navidad y Año Nuevo. Uno verdaderamente se los disfrutaba. Y hay de aquella tamalera que cuando se le acababa el coche y compraba pollo para ajustar, fuera descubierta. Seguramente ya no se le compraban el año siguiente. Por la tarde escuchábamos Misa y participábamos de la procesión de Todos los Santos, luego volvíamos a casa, habían tamales y ayote en dulce para la cena. Mínimo nos comíamos unos cuatro de cada comida.

El 2 de noviembre íbamos devotamente al cementerio a enflorar a nuestros difuntos y procurábamos no comprar las manzanillas en miel que vendían en la entrada, porque “en el cementerio no se come, a los muertos les daban ganas y ya no podían comer”, si lo hacíamos nos las atragantábamos entre las tumbas con el cargo de conciencia que a los pobres difuntos se quedaran con ganas. Regresábamos para almorzar tamales, ahora acompañados de jocotes en miel y fresco de chilacayote. Por la tarde corríamos al cementerio de donde saldrían Los Canchuleros, con el tradicional himno “Ángeles somos, del cielo venimos, por nuestras delicias, canchules pedimos; no lo hacemos por hambre ni por necesidad, lo hacemos por costumbres de la antigüedad.” Y en sus costales recibían tamales, jocotes, ayote, güisquiles, todas las ofrendas que recibían de casa en casa. Algunos les daban aguardiente o cusha. Los bailarines decían que se echaban un su trago para aguantar. Al final del recorrido, casi a la media noche iban al cementerio a repartir el botín. Bien que si uno se acercaba lograba cachar un su par de tamales y güisquiles para repetir la cena. No teníamos miedo, esa noche no espantaban en el cementerio.

Por eso es que a estas alturas, luego de diez años en la capirucha, aún en estas fechas andamos preocupados con mamá de ir a comprar los súchiles, las hojas y la carne para los tamales. Logré comprar un par de ayotes hace una semana, porque me dijeron que estaban más baratos. Los jocotes si de plano, hay que repagarlos, están a cinco la mano. Si llega a mi casa no habrá fiambre para el primero de noviembre. Le invito a unos sus cuatro tamales, ayote en dulce y güisquiles cocidos. Es que aunque me sienta capitalino, aún tengo mis raíces orientales, aquellas del Xinca, de jocotes y tamales. Es que para nosotros no es tradición para estas fiestas comer fiambre.

¿Tiene usted alguna otra tradición para estas fiestas? Me gustaría conocerla, no dude en compartirla. Guatemala es tan rica en todo tipo de tradiciones. De aquellas que lo hacen a uno, sentirse guatemalteco hasta los huesos y bailar hasta por dos veces el tan conocido son.

Cintillo de Opinión

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