Aguacero de reflexiones

Era una tarde de lluvia y aún faltaba una hora para que comenzaran las clases. El salón estaba cerrado y el ambiente nos coqueteaba con que fuéramos a tomar una taza de café, y al ir a la cafetería esta se encontraba llena. Así que fuimos un grupo del salón donde doña Faustina, en la entrada a la Escuela de Historia, en la parte de atrás del S-2, uno de los edificios de Ciencias Jurídicas y Sociales.

Nos atendió La Sheny, de unos 32 años de edad, hija de la dueña del lugar, quien hacía esfuerzos por tomar nuestros pedidos y a la vez atender a uno de sus hijos, quien requería con insistencia su atención.

En eso, sonaron cohetes y se oyó el hurra, que emitió un grupo de personas para celebrar que una estudiante de Derecho, se había graduado, a quien al principio no pudimos verle la cara porque estaba de espaldas. En eso se volteó, como sintiendo nuestras miradas, y vimos que era una anciana, de unos 62 años, a quien unos niños llamaron abuela.

Nuestros rostros se inmutaron de la sorpresa, y más cuando la oímos decir: “Fueron casi 40 años de lucha, y por fin lo logré”. En eso reflexionamos las 4 compañeras que estábamos tomándonos un café. “Ni de loca me gradúo tan vieja. Yo quiero salir lo antes posible”, expresó Nancy, mi inseparable amiga del salón.

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Fotografía de estudiantes de primer ingreso. (Fotografía: Alejandra Quevedo.)

En eso, doña Faustina nos comentó: “La Sheny era estudiante de Económicas”, y ya ven, dejó sus estudios para dedicarse a cuidar a sus hijos. Cuando ella estaba soltera y sin criaturas, yo le decía, mija, ponete a estudiar, pero no me hacía caso, sus hormonas de adolescente lo que deseaban era vivir la vida mundana, andar con novio, ir a comer, pasear, embriagarse y tener sexo, y ya ven el resultado”.

Para desahogar su alma, la dueña del lugar se sentó con nosotras y nos dijo: “En estas sillas se sientan muchos de sus compañeros a la hora de clase, a otros los hallan tomando cerveza en las afueras de la universidad, y otros dicen que están en clase para ir a meterse a moteles”.

“Lo que sucede es que ustedes no valoran el esfuerzo de sus padres y que están solteras,  después vienen las primeras consecuencias, como no estuvieron en clase y no pusieron atención no entregan trabajos, fallan en los exámenes, pierden los semestres y se pasan los años viniendo a la Universidad por gusto”, nos siguió diciendo doña Faustina.

En eso, apareció Rodrigo, su hijo menor que estudia ya el cuarto año de Arquitectura, quien tras saludar a su progenitora, ella nos dijo: “Aprendan a él, nunca ha perdido ni una sola clase”. Y como era guapo, le preguntamos: “Dinos tu secreto ¿Cómo le haces?”, a lo que nos contestó: “Es fácil. Es cuestión de concentración. Enfóquense a lo que van y no se desvíen con distractores de fiestas, idas a la cafetería, de ir a dar una vuelta, y estén en clase, y cuando estén allí siéntense en las primeras filas para no desconcentrarse con lo que sucede en las bancas de atrás”.

También nos dijo: “Cuando estén en el salón pongan atención y eviten amistades chingonas, relajeras, pelaverguistas y que sean amantes de ausentarse a la hora de clase, más bien ubiquen quiénes son los pilas del salón y péguenseles a ellos, y traten de estar a la altura de ellos.”

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Estudiantes preparándose para un examen. (Fotografía por: Alejandra Quevedo.)

“Esas son sabias palabras”, dijo Carlos Díaz, catedrático de Económicas, quien escuchó la plática, y como estaba solo, se unió al grupo para seguir con la tertulia, y acotó: “Sus compañeros suelen echarnos la culpa de que somos unos ineptos, y nos responsabilizan de que no aprenden y pierden los semestres. Miren para allá, díganme ¿cuántas parejas ven? Unas 12, le dije. Y saben, todos ellos son de Derecho, y están acá dándole satisfacción a sus hormonas, cuando debieran estar en clase, en la biblioteca, haciendo algún trabajo u estudiando”.

¿Quieren saber cuáles son los secretos para pasar el semestre y el año en limpio? Por supuesto le replicamos al docente, quien tras pedir otro café y un pan con frijol, nos mencionó: “No responsabilicen a nadie de sus fracasos, si ustedes fallan admitan que fueron ustedes los únicos culpables. Hace unos días, un alumno quiso agredir a la secretaria de la facultad, pues la culpaba de su fracaso estudiantil porque, según él, ella debía mandarle mensajes de texto, email u otro medio para recordarle que debía asignarse cursos. Eso es obligación de ustedes, ustedes son los interesados y deben estar al pendiente. Nosotros no somos niñeros para andar detrás de ustedes. Nos dicen que no evaluamos bien o que los hacemos fracasar adrede, eso es falso. Si los examinamos mal, y ustedes creen que tienen la razón hay mecanismos para solicitar revisión de pruebas, ese es un derecho de ustedes y deben conocer el mecanismo para hacer una solicitud de ese tipo”.

Estábamos tan enfrascados en la plática que no nos habíamos percado que el grupo de 4 se había vuelto uno de 20, donde se veían rostros regañados, otros sorprendidos, y en más de alguno, de arrepentimiento. Pero sígale licenciado Carlos, está buena la regañada, le dijo doña Faustina, al tiempo que llamaba a su hija para decirle: “Sentate, de repente entrás en razón, y volvés a seguir estudiando”.

Animado por la dueña del lugar, el catedrático prosiguió: “Cada uno de ustedes tiene más de algún tipo de problemática: distancia de sus casas a la Universidad, horario laboral, compromisos laborales, deberes religiosos, de familia, o algún otro, no importa cuál sea y cuán grande sea, el deber de ustedes será hallar una solución para superar ese obstáculo.”

Y hay que tener buenos aliados para que nos ayuden, acotó Celestina, mi amiga y compañera de clase, quien destacó: “Fíjense que la Alejandra, tiene un su cuate, que la ayuda, que la aconseja y la regaña, y hasta le insiste en que se reúnan para estudiar, pero ella no quiere, pero si le habla fulano, mengano o sutano para ir a dar una vuelta, ella está más que presta. Centremos nuestra cabeza en nuestra obligación de hacer lo que debemos de hacer como debemos de hacerlo, y no como nosotros u otros crean que debemos de hacerlo. Solo en la medida que estemos centrados en nuestra obligación, sepamos controlar nuestras neuronas de juventud y dejemos de culpar a los demás de nuestros errores podremos llegar a ser profesionales, comentó mi amiga, al tiempo que nos recordó que debíamos ir a donde debíamos estar, al salón de clases, y en lo que pagamos y nos despedimos, logramos oír que más de alguien dijo, eso fue un aguacero de reflexiones para nuestra vida.

Jennifer Quevedo

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