El ruiseñor revolucionario

Han pasado 39 años desde el asesinato de un estudiante líder de nuestra Alma Máter, alguien que demostró ser un orador nato durante sus discursos por su facilidad de palabra y voluntad de hierro; incitaba a los jóvenes universitarios a luchar por una educación para todos, por el cumplimiento de los derechos humanos y por un país equitativo, además de destacar como un alumno brillante, carismático y sensible. Me refiero a Oliverio Castañeda de León.

A sus 23 años, Castañeda demostró tener una valentía que sobrepasaba límites, porque venció el peligro que conllevaba actuar con agallas durante el conflicto armado interno. Se escondía en diferentes casas para desviar la atención de quienes lo perseguían, y aún sabiendo que estaba amenazado de muerte, era uno de los principales activistas en las manifestaciones que ocurrieron en 1978. No tenía miedo de querer una Guatemala apta para la vida.

Durante esta década, la nación vivió periodos de crímenes de lesa humanidad, los gobiernos y sus escuadrones de la muerte mantuvieron reprimida a la ciudadanía; miles de decenas de asesinatos y desapariciones forzadas todavía rondan como fantasmas la memoria del país. Sin embargo, es en ese tiempo que la Universidad jugó, al igual que ahora, un rol importante en el acontecer político, económico y social.

Estudiantes universitarios y de nivel medio, ejercieron un rol poderoso debido a su convicción y además representaban a la población. Mediante su intelectualidad intentaron mejorar la condición de la República, porque creían que la educación era el arma para combatir la pobreza. Oliverio estuvo presente en todo ese proceso, incluso cuando el gobierno empezó a temer del poder de los sancarlistas.

No puedo evitar preguntarme ¿cómo sería el país si él estuviera vivo? Alguien que conozco dijo: “al matarlo nos retrasaron décadas de inteligencia”. Duele saber que las mentes adelantadas que apostaron por el bien común fueron silenciadas con crueldad.

Ahora los tiempos han cambiado, aquellas épocas bélicas se han ido, aunque no completamente. Es hora de que los jóvenes tomemos la batuta y busquemos formas de hacer que Guatemala arranque ese motor viejo, endurecido, oxidado y olvidado, porque nuestra patria nos necesita con urgencia.

Ese es precisamente uno de los legados de Oliverio: servir sin esperar nada a cambio, por amor al pueblo, a ellos y ellas que con sus impuestos pagan nuestra educación. Debemos ser agentes de cambio e involucrarnos en causas sociales, en recaudar fondos para ir a las escuelas y brindarle refacción a la niñez, visitar hospitales y llevarles alegría o alfabetizar. ¡Hay tanto por hacer!

Por eso, felicito a las y los compañeros que se unieron a las manifestaciones masivas para demostrar su inconformismo, también por la recolección de víveres para las familias damnificadas por las lluvias en Alta Verapaz. Así es como debemos actuar.

La mejor manera de recordar a Oliverio y a quienes dieron su vida por cambiar el rumbo del país, es luchando cada día por hacer cambios, que aunque sean pequeños, todos juntos pueden ser significativos. Pongamos en alto el nombre de Guatemala y de la Universidad que nos ha acogido como suyos.

Fueron la voluntad y el deseo de querer una nación desarrollada y ecuánime, las que hicieron que el ruiseñor revolucionario luchara hasta el último momento de su corta, pero influyente existencia. Trabajó tan duro y llegó hasta el corazón de las y los guatemaltecos a través de sus palabras y sabiduría, tanto que hasta a las nuevas generaciones nos llena de admiración y respeto.

Cintillo de Opinión

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