Pánico a bordo.

Son las 04:30 de la mañana de un día cualquiera, el timbre de la alarma de su teléfono celular, despierta a José* quien tiene media hora para bañarse y prepararse para salir a su trabajo en la zona 10 de la capital, José vive con sus papás en un sector de la Colonia Linda Vista, Ciudad Quetzal, San Juan Sacatepéquez .

José es receptor en un banco, es su primer trabajo formal desde que se graduó el año pasado de perito, y aunque entra hasta las 8:30, como están las cosas de gruesas con los buses, prefiere irse a las 5:00 aunque tenga que esperar hora y media, mientras por allí se como un su pan. “Hace poco se echaron a un piloto en Carranza”, me cuenta al oído, porque hasta decirlo en voz alta, es peligroso.

José tiene que caminar como cinco cuadras para llegar a la parada en la carretera principal, allí espera casi 15 minutos para abordar una camioneta medio vacía, las dos que ya pasaron, iban repletas. No está solo en la estación, una señora bastante entrada en edad y un señor con apariencia de albañil (lo delata parte de su herramienta que se deja ver en su mochila), lo acompañan a subirse al tercer bus en pasar, “éste por lo menos aún lleva espacio para irnos parados”, piensa José.

Para evitar los gritos del ayudante ordenando que se corra para atrás, José lo hace de una vez. No hemos llegado ni a la cuchilla del Milagro y el bus ya lleva gente hasta en la parrilla.

toda la gente acá anda con miedo, si sube alguien desconocido, inmediatamente pensamos en que,  en cualquier momento puede ocurrir un asalto, un asesinato, de un pasajero, del piloto, de su ayudante, o en el peor de los casos, que pueda hacer estallar una bomba.

Ya son las 06:00 y José apenas va llegando a la Plaza Florida, ya en la calzada San Juan, aunque en el bus viajan 2 agentes de la Policía Nacional Civil, uno adelante y uno atrás, José no se siente seguro.  

“Ya no sabemos si los mismos agentes, los pilotos o los ayudantes, están metidos en babosadas y por eso se dan los problemas”, argumenta mientras se sienta en la orilla de uno de los sillones designados para dos por los fabricantes pero que acá, los camioneteros los han convertido de tres (la mayoría de buses extraurbanos, especialmente  los de rutas cortas, han sido escolares en Estados Unidos, llegan al país casi en calidad de chatarra).

Ya medio sentado, José aprovecha para terminar de dormir, despierta llegando al Trébol, casi a una cuadra para bajarse y tomar un bus de la Ruta 40R que lo dejará a una cuadra de su trabajo en la Avenida Reforma. “Afortunadamente no pasó nada”, dice, mientras piensa en el regreso por la tarde, la historia es casi similar.

*Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia, aunque la realidad, es peor que la ficción.

Y es que regularmente los  hechos criminales dentro de las camionetas se han dado en horas pico y en lugares estratégicos, el objetivo de los delincuentes aparte de generar dolor, muchas veces en familias inocentes, es provocar caos y poner en jaque a las autoridades gubernamentales.

Y el problema no se solucionará mientras no se tomen medidas serias, el sistema pre pago podría ser una solución, pero además, que los dueños de buses se responsabilicen por contratar gente decente y que les paguen salarios dignos. La autoridad municipal, también tiene que hacer lo propio, es un problema que le compete, ya no pueden seguir haciéndose los locos.

*Nombre ficticio.

Cintillo de Opinión

 

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