Bandera y tinta roja

El pasado 14 de septiembre del año en curso, se vivió un capítulo en la historia guatemalteca que no se esperaba. Aquél acto simbólico de izar la bandera en conmemoración de un año más de independencia, pero también como un recordatorio de los compatriotas que dieron sus vidas por defender nuestro territorio, dio un giro que ya se veía venir. Lo que serían las fiestas patrias tradicionales, que año con año se han ido realizando en la zona uno capitalina, se convirtió en el escenario de centenares de personas protestando en contra de la corrupción que se develó, gracias al trabajo en conjunto de dos instituciones dignas de mencionar: El Ministerio Público (MP) y la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG).

La población indignada, que ocupaba la Plaza de la Constitución en horas de la tarde, y que pedía entre sus reprobaciones la renuncia de los diputados y del mismo Presidente de la República, evitó que se culminara dicho acto protocolario; y en su lugar, colocaron una bandera manchada de rojo en señal de protesta.

Como se sabe, cada representación visual, manifiesta una carga semiológica que lleva implícitos diversos significados, cuyo conocimiento a posteriori se logra plasmar para que las personas, dentro de determinados contextos y gracias al proceso semiósico, los interpreten y se sientan identificados. Las primeras asociaciones que se hacen con el color rojo se catalogan como fuego y sangre, aunque también se relaciona con el amor, entre otras cosas más. Pero lo que determina un valor específico a cada significado, explica Faerna (1999), es la descripción en la que las categorías opuestas de sujeto y objeto, pasan a segundo plano y ceden su lugar a la categoría de acción.

Es decir, ya no importa tanto, quién o quiénes hicieron tal operación y con qué, sino el acto mismo; porque no se representa a un grupo político ni mucho menos una asociación. Se trata del sentir del pueblo guatemalteco resumido en dos elementos: bandera y tinta roja. Esta última, mezclada con nuestro símbolo patrio que se elevó por ciento noventa y cinco años consecutivos, no solamente señala y da a conocer una protesta, sino que además de eso, a un país dañado, lastimado, herido por tanta injusticia, corrupción y otros problemas sociales que, en lugar de disminuir, se han ido incrementando.

El color azul, que significa justicia, lealtad…, así como los dos mares citados en el Himno Nacional, y blanco que en principio representa paz y nación, experimentaron un contraste con tinta roja que describía el grito desesperado de un país que existe como unidad cultural con identidad simbólica y representación. Estos últimos elementos serían aquellos principios formales que, según Schmitt (1985), configurarían la unidad política de un pueblo, lo que nos define, lo que nos identifica y distingue de los demás. Empero, esta identidad sigue siendo matizada por incompetentes que llegan a gobernar desde el Poder Ejecutivo, y la mayor parte al Legislativo, quienes son los mal llamados “padres de la patria”.

Es lamentable ver cada día a Guatemala, un país con tanta riqueza y diversidad cultural, que sea golpeado con la fuerza de la enajenación política; por culpa de unos cuantos ambiciosos y egoístas que buscan sus propios beneficios quienes no solamente manchan sus nombres, sino que también, colaboran en mantenernos en uno de los puestos penosamente bajo, de las más de ciento cincuenta naciones del mundo y el último en Centroamérica, debido a la falta o nula inversión del gasto público.

Cuando surgen manifestaciones y marchas pacíficas, enmarcadas en un código de conducta social, nos damos cuenta que los signos juegan un papel preponderante porque “expresan” a detalle, lo que las palabras no pueden. Es por eso que Casetti (1980), explica que los signos deben estudiarse socialmente, ya que no retienen más que los rasgos de la lengua (y demás códigos sociales), que a su vez, la ligan a otras instituciones de la estructura del sistema.

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